La chica en cuestión me miró con una ternura que tardé tiempo en volver a ver en otro ser humano.
Me abrazó con fuerza (no era un abrazo de sexo, ni de amistad, si no de dolor). Yo me dejé.
Estaba tan deshecho que me dejé apretar con fuerza por ella. Aunque jamás dejo que eso ocurra; no me gusta ser abrazado si no el que abraza.
Pero ella me abrazó con fuerza y me susurró: “No pasa nada, Marcos, ella sabía que la querías”. Eso me hizo llorar todavía más.
Rompí a llorar. Me encanta esa expresión. No se dice rompí a comer o rompí a caminar. Rompes a llorar o a reír Creo que vale la pena hacerse añicos por esos sentimientos.
No pude volver a conciliar el sueño aquella noche en Capri. Ella sí, ella se durmió en mis brazos, entre mis brazos. Mis lágrimas se secaron y a los pocos meses fue nuestra relación la que se acabó.
Pensé que el día de la ruptura ella hablaría de ese momento, del instante en el que me abrazó y me calmó. Si lo hubiera hecho me habría quedado seis meses más a su lado. Sé que puede sonar frío y calculador (...)Pero ella no comentó nada y yo no lo agradecí.
Siempre he pensado que la perdí por estúpido, aunque nunca se lo he dicho. Sé que luego se casó en Capri y sentí que de alguna manera me dedicaba un guiño, aunque quizá tan solo fue una coincidencia.
Pero yo no la dije que era la persona a la que más había amado y por ello la perdí. Hay tantas cosas que si se
pronunciasen en voz alta desvelarían secretos de una intensidad que quizá no podríamos asumir...

