Y es que tu cuerpo da más miedo que un jodido "tenemos que hablar".
Suena mejor que cualquier "te quiero". De los que asusta decir. De los que asusta escuchar.
Que tú no lo oigas no significa que no esté sonando.
viernes, 25 de enero de 2013
sábado, 12 de enero de 2013
Qué ingenuos.
Hoy ha llovido.
Y la gente corría despavorida a refugiarse, como si ésta quemara. Qué ingenuos.
Si te hubieran visto alguna vez mojada, no se les ocurriría correr cada vez que lloviera. Rezarían al mismo Dios al que yo lo hago para volverte a ver de aquella manera.
Qué estúpidos.
Nadie sabe lo que es quemarse hasta que no roza tu piel.
Qué cuerdos.
Y qué loca yo por querer volver a verte. Volver a sentirte.
“Quién juega con fuego, terminará quemándose”. Y yo toda la vida evitando el fuego quise jugar contigo. Y mírame, con tres quemaduras de tercer grado en el ventrículo izquierdo y otras cuantas en las yemas de mis dedos.
Y no aprendo.
Y no importa.
Y me dejo incinerar.
Y me gusta.
Ya no duele.
Ya no quema.
Ya no dueles.
Ya no quemas.
La última vez.
Ésta será la última vez que te quiero. Creeme.
Será un segundo eterno.
Un odiado “para siempre”.
Pero la última vez. De verdad.
Si la eternidad discute con el tiempo y en un arrebato suicida le pone pilas al reloj, no volveré a hacerlo.
Desapareceré con ella de la mano y juntas buscaremos un lugar en el que podamos ser. Ella eterna y yo feliz.
Hasta entonces déjame sobrevivir a base de recuerdos. De falsos sentimientos sinceros. De caricias que no son.
Déjame estar jodida, porque sabré estar contenta.
Me verás vagando por las calles más oscuras susurrándoles a las ratas que los gatos no siempre son malos, mientras les doy los besos que nunca llegan a ti. Recibiendo mordiscos que jamás han sido tuyos.
Acariciando el viento como si fuera tu espalda.
Sonriéndole a la vida sólo a la luz de las farolas que aún quedan sin romper, deseando que la siguiente esté tan rota como yo, para dejar de fingir y coger fuerzas para esbozar la siguiente sonrisa que tendré que actuar cuando haya luz de nuevo.
En fin, que será la última vez. Y mi Casio ya no tiene pila. Y lo he guardado bajo llave.
Será un segundo eterno.
Un odiado “para siempre”.
Pero la última vez. De verdad.
Si la eternidad discute con el tiempo y en un arrebato suicida le pone pilas al reloj, no volveré a hacerlo.
Desapareceré con ella de la mano y juntas buscaremos un lugar en el que podamos ser. Ella eterna y yo feliz.
Hasta entonces déjame sobrevivir a base de recuerdos. De falsos sentimientos sinceros. De caricias que no son.
Déjame estar jodida, porque sabré estar contenta.
Me verás vagando por las calles más oscuras susurrándoles a las ratas que los gatos no siempre son malos, mientras les doy los besos que nunca llegan a ti. Recibiendo mordiscos que jamás han sido tuyos.
Acariciando el viento como si fuera tu espalda.
Sonriéndole a la vida sólo a la luz de las farolas que aún quedan sin romper, deseando que la siguiente esté tan rota como yo, para dejar de fingir y coger fuerzas para esbozar la siguiente sonrisa que tendré que actuar cuando haya luz de nuevo.
En fin, que será la última vez. Y mi Casio ya no tiene pila. Y lo he guardado bajo llave.
O algo más...
Dos años. O algo más.
El nudo de la garganta cada vez se aprieta más. Y no quiero llorar.
Te miro y tiemblo. O tiemblo cuando no te miro, cuando no te veo.
Y mira qué horas.
Y cómo pienso en ti.
Qué malo no coger el tren a tiempo, y que impuntual he sido siempre.
No quiero ser inoportuna, pero tampoco quiero que se aleje tanto el vagón como para que se lo trague la niebla y no sepa hacia donde va.
Y el nudo de la garganta crece. Y aprieta. Y duele.
Y yo sólo pienso en ti. O algo más.
Acomódate...
A ti no te han enseñado modales.
Antes de entrar hay que llamar al timbre y esperar a que te abran la puerta.Y ni tú has llamado, ni yo te he abierto.
Te has cavado tu propia fosa, por que igual que no te he abierto para entrar, no voy a hacerlo para que salgas.
Y te has convertido en el mejor error-acierto que se ha ‘atrevido’ a entrar.
Así que, ahora te jodes, y te quedas.
Ahora me jodo, y te quedas.
Te aconsejo que te acomodes en el sofá (ojalá eligieras la cama, pero sé cómo van estas cosas…), por que no tengo la más mínima intención de echarte.
Y cómo te mueves.
Y cómo respiras cuando tienes miedo.
Y qué gestos haces cuando no sabes qué hacer. Cuando no sabes qué voy a hacer yo. Cuando ni yo misma lo sé…
Y cómo te enfadas. Cómo me enfadas.
Acomódate, voy a bajar las persianas para respirar tu aire.
Una foto...
Una foto, todo lo que me quedaba de Ella. Y no era una foto muy buena. Estaba desnuda, se veía la mitad de su cuerpo borroneado por el sol, los pechos conocidos, la sonrisa que dolía en la distancia. Ese era todo el pasado que me permitía. Inútil recordar su nombre cuando ya no podía nombrarla. La voz enana en mi cabeza dijo que mi viaje había sido una huida para no extrañarla en cada uno de los lugares que nos vieron pasar. La voz siguió hablando y la dejé. Ella era más que un fracaso sentimental y menos que una tragedia. Era lo que tenía en la mano: un rostro hermoso que fue mío sin dejar de ser suyo, y que ahora era otra vez de su exclusiva propiedad, roto por desgaste el contrato que una vez firmamos en una servilleta de un bar.
...Me sobraban las palabras para definir cómo me sentía.
Jodido.
Estaba jodido.
Pero todavía no sabía cuánto.
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