miércoles, 27 de noviembre de 2013



Ya no eres la misma desde aquel día, y no puedo culparte.
Yo tampoco.

Tú lo diste todo por sentado desde el momento en que viste que perdí el norte entre tus piernas.
Yo tuve que darlo todo por sentido después de varios meses.

Ya no quedaba de donde sacar.

Todo eso dejó de merecer la pena, cuando se acabó la alegría.
Y así nos iba.

Es cierto que el día parecía más bonito si lo mirabamos desde la misma cama.
Pero ya sabes, las cosas no son lo que parecen.

Y las personas, amor, no sólo se cansan de correr.
Las personas, amiga, se cansan también de que arañes espaldas que no son la mía.

"Eres dueño de tu silencio" dicen los que no saben lo que es una guerra contigo.
"Y esclavo de tus palabras" hasta que se cruzan en tu vida.
Me he dado cuenta que lo bonito del amanecer es que salga el sol.
Que verlo desde la cama contigo sólo lo hace más cálido, pero que vamos, hoy por hoy, un radiador hace el mismo efecto que tú en esos últimos meses.

Espero que no me eches de menos, pero que te acuerdes de mí...

jueves, 21 de noviembre de 2013

no sentí.

Los corazones se desgastan a la misma velocidad en la que sopla el viento y se lleva las palabras que prometían vidas juntas.

Hay que curar la herida desde dentro, rompiendote del todo y empezando de nuevo, porque las tiritas son la solución más rápida,  pero se despegan, también, muy rápido,  dejando la herida descubierta, vulnerable, como al principio.

Y joder, cómo duele.

Que yo cuando me acerco a la sección de productos de temporada en el centro comercial, no veo que vendan promesas como las que se ven diariamente en todas partes, porque las promesas no tienen precio.

Tenía que haberle hecho caso a Iván cuando decía "promesas que no valen nada...". 
Porque no, no valen nada, las promesas son esas palabras que se lleva el viento, arrancándote las ganas y la ilusión y desgastando corazones aleatoriamente.

Que te miro desde lejos, porque de cerca me da miedo.


Que yo no te prometería nada, porque no hay mejor promesa que la infinidad de tu cuerpo.


Y que no es necesaria una promesa para saber que me tienes, de lejos, de cerca, delante, detrás,  encima o debajo...que me tienes donde y cuando quieras.

Y que no hace falta que me llames a gritos, a no ser que estemos entre sábanas y sudor. 

Que por ti no prometo. 

Por ti firmo un contrato. En tu espalda. Con tinta de saliva y mi lengua como boli.
Que no me da miedo que se desgante el corazón,  porque: allá tú cómo lo quieres.

Y (pro)méteme el  cielo de tus labios, entre mis piernas.

El calor del invierno sin radiador.
Un lenguaje nuestro.
Prométeme tu propia lengua.

Pero sin palabras.

Prometeme sin hablar. 
En tu cama o en la mía.
En el parque o en el bar.
De día o de noche. 

Cuando quieras.

Como quieras.
Que ya sabes, yo estaré ahí.

martes, 19 de noviembre de 2013

burn

La palabra imposible está sobrevalorada.

En un principio la relacionaba contigo, pero es un error vestir un cuerpo con una palabra.

Y más si es imposible.
La palabra, digo.

Creo que hay solución para casi todo.
Y ese casi, no te abarca. Ni te abraza.
Y esa solución puede esconder la manera de salvarnos.

Qué ironía.
He ganado, porque te he perdido.
Y tú, te has perdido al perderme, llenándote de ganas de ganarme.

Y ahora no te queda otra forma de salvarte que recordando aquella noche en la que te salvé con la yema de mi dedo índice.

Y ahora te mareas cuando haces memoria porque el borde de tu cama no da el mismo vértigo cuando te asomas sola.

Sálvate, que yo ya no puedo.
O no quiero.

Que el paseo diario de antes, era irnos sin salir de casa.
Ahora no me esperes que ya no voy a volver a agarrar tu mano.
Caminas sola.
Así que ya no me esperes.
Que yo salgo cuando quiero, con quien quiero.

Entiéndeme.

Entiéndeme a mí, y lo que estoy diciendo, porque ya no sé si me estoy explicando.

Recuerda que detrás de la palabra imposible se encuentra la palabra posible, y detrás de ti, estaba yo.

Y aunque te pareciera imposible, muy posiblemente cuando leas esto, yo ya me habré ido, sin salir de casa, en la misma cama, pero con otro cuerpo.

En otro cuerpo.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Y os veo rebosantes de corazones y amor prematuro.

Y lo pienso.
Y te pienso. 

Y ahora yo no quiero un "cuelga tú...no tú...va, cuelga tú..." porque al final me acabo colgando yo.

Y lo echo de menos. 
A veces colgar. 
Y otras colgarme.
Te echo de menos.

Pero que me corten la lengua antes de decirtelo. 
Porque si te echo de menos es que ya no estás.
Y si no estás no tiene ningún tipo de utilidad.

Porque ya no es justo. 
Que lo único justo que hay entre tú y yo son los pantalones que vistes que no dan lugar a imaginar nada y me miran riéndose por ser ellos quiénes disfrutan de tu piel.

Que el dolor apareció desde que mi miedo y tus ganas de otro cuerpo se concentraron en mi pecho y apretaron fuerte contra el esternon quitándole espacio al hijo de puta que ya no sabe ni por quién latir.

Que empiezo a pensar que te exprimí al máximo para sacarte todo el jugo que cabía entre tus piernas y ahora lloro por dos. 
Porque no te queda nada.

Que tus mariposas del estomago de aquella noche han volado de tanto abrir(te).
Y que las mías han involucionado y se han convertido en gusanos de un cuerpo muerto.

Y ya no queda nada.
Pero yo, ahora, te echo de menos.



Hoy te he visto.

Y sí. Estabas tan guapa...

Y hemos hablado de nada, como siempre.
Y me has contado todo.
Como nunca.


He estado a punto de dispararte un par de lágrimas de esas que salen sin permiso, y que duelen con placer.

No sé si lo habrás notado.

Pero he recordado cosas que creía no tener en el jodido baúl de los recuerdos incompletos.
Y mis ojos no aguantaban el mar de mis heridas del pasado.

Y no sé si lo habrás notado.

Pero me has abrazado como siempre.
Y te he sentido como nunca.

Y joder, qué bien hueles.
Y esto sí lo has notado.

Qué grande eres y qué pequeña me vuelves.

Y cómo dominas el tiempo cuando me tienes entre tus brazos.
Cómo te enganchas a las agujas y cómo me engancho yo a ti.
Y al pasado erróneo de tu recuerdo.

Y a veces dudo del ritmo de mis latidos y los confundo con una canción de amor que siempre acaba mal.

Y qué mal mientes mirándome.
Y cómo te ríes complice de aquella noche que sólo sabemos tú y yo.

Y claro, joder, claro que lo has notado.
Y yo también.

Y me rozas la espalda desde lejos.

Y me miras desde cerca, como si hubiera sido un accidente planeado desde hace días, como si nadie se diera cuenta de nada.


Y como me gusta. O me gustaba
.

jueves, 7 de noviembre de 2013

ay amor.

Déjalo.

No lo intentes más.

Nunca es tarde, o eso dicen.

Pero ahora es pronto, o eso digo.

Me he cansado de palabras vacías que pretenden llenar huecos de corazones ajenos.

Que ya no quiero paseos por inercia.
Con desgana.
Sin ilusión.
Por rutina.

Que no tengo ganas de preguntas a destiempo ni respuestas obligadas.
Ni de caricias imantadas que ya no queman por que se han apagado.
Ni de besos que en vez de curar, abren la herida.

Que no.

Que es tarde. O demasiado pronto.

Que yo lo que quiero son las chispas que preceden al incendio. Y apagarlo con sudor, entre otras cosas.
Quiero desdibujar la frontera de tu cuerpo y confundirlo con el mío.
Borrarme las huellas dactilares a base de caricias que quemen tanto que lleguen a prender.

Beberte.

Pegarte tanto a mí que no distingamos nuestras pieles.
Arañarte la espalda hasta que sangres para reavivar la herida.

Estrellar el agua oxigenada contra la pared porque no hay mejor desinfectante para las heridas del pasado que la saliva en plena guerra de amor entre las sábanas.

Quedarnos sin aire.
Y respirarte.

Sudar ilusión, y dolor, y placer, y miedo, y ganas, y no preocuparse por si mañana va a salir el sol.

Y subir para que bajes.

Y llorar.
Y gritar.
Y reír.

Olvidar el pasado suplicando presente para alimentar futuro.

Y un cuídame que yo no puedo porque bastante tengo contigo.
Y te cuido.

Déjalo, que ahora es pronto para decir que nunca es tarde.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Hablo contigo como el que se levanta, desayuna y se va a trabajar rutinariamente día tras día.

Y ni lo notas.

Y te saco una sonrisa, porque hoy no ha salido el sol, y me da miedo la oscuridad si no es contigo.

Y parece que va a llover.
Y no quiero que te moje la lluvia, si la lluvia no soy yo.

Que los únicos vértigos que conozco son los que me dan cuando me asomo al abismo de tu espalda.
Que si se trata de abrir ventanas para asomarte a la infinidad del universo, tendremos que empezar por tus piernas.
Que el paisaje de tu cuerpo lo completa la profundidad de tu ombligo.
Y que el sendero acaba siempre en río.

Que no por mucho madrugar amanece más temprano.
Ni tampoco no dormir impide que se haga de día.
Y que te vayas.
Y que tenga miedo.
Que está oscuro porque está nublado.
Porque al final va llover.
Y tú ya no estás.
Que las nubes serán mis ojos.
Y no la cueva de debajo de tu ombligo.
Que ya no hay sendero que acabe en río, porque ya hay luz. Y se ha secado.

Y quién se crea lo de que a quién madruga Dios le ayuda, tiene que probar a pasar la noche contigo y replantearse su vida.

Que yo no quiero madrugar y por eso no he dormido.

Que hemos jugado a ser Dios durante toda la noche y parece que me has ganado, porque si de mi dependiera seguirían siendo las 3 de la mañana y seguirías en mi cama.

Y estás saliendo por la puerta.

Y yo aquí, maldiciendo al sol, porque me da igual que ya no caliente.
Que esta noche tampoco estaba y hemos mojado las sábanas también de sudor.

Y desapareces tras decir “Adiós”.
Y me muero porque todos sabemos que un “Adiós” no es lo mismo que un “Hasta luego”.

Adiós.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Halloween.

No sé si una noche infectada de La Muerte puede llegar en algún momento a ser alegre.

Eso parece.
Y no me parece mal. O sí. No sé.

La gente se disfraza de todo lo que en algún momento le ha acojonado, y se ríe.
Como burlándose de todo eso, para llegar a casa y llorar como niños.

Como si por un momento se parase el mundo y se volvieran inmunes a todos sus temores.

Debe ser algo parecido a cuando me rozas la mano cuando nos cruzamos en un sitio tan lleno de gente que ni se puede respirar (te).
Vamos, sin querer.

Vivo jodida de miedo a que el mundo se entere de que en ese momento les mandaría a todos a tomar por culo.

A que eso no pase.
Y a que pase.

Busco la casualidad en un mundo planeado para que no te asustes, que si quieres miedo, a mi me sobra, no necesito darte razones.

Te tengo unas ganas guardadas entre caricias y arañazos que no serías capaz de soportar. Ni de entender.

No hay camisa de fuerza que soporte mis sacudidas cuando me pides con los ojos un abrazo. Ni loco que pudiera entenderlo. Ni cuerdo con capacidad de reacción.

Que la lobotomía se queda corta cuando me hablan de olvidarte.

Yo me guardo un as en la manga, y más te vale a ti guardarte un tranquilizante en el bolsillo si no quieres que al acercarte se me salga el corazón latiendo a mil por hora. Por si te salpica.

Volviendo al tema, no sé si disfrazarme de ti o de tu ausencia.
De tus besos o de tu indiferencia.
De tu espalda o de esa camiseta a rallas oscuras que llevabas el día en que te clavaste en mis pupilas.

No sé si salir disparada a buscarte o dispararme para empezar a correr.

No sé, debe ser que la noche a mi, como a tantos otros, también me confunde.