martes, 29 de octubre de 2013

tatin

“Te quiero”

Cómo lo haces? Nunca he podido querer a alguien sin sentir.
Y tú ya no sientes, pero “me quieres”.

Querer es lo que se te ha olvidado.
Me quieres (querer).

Disparas esas dos balas por tu boca, sin saber que las balas duelen, y más si apuntas al corazón.
Puedo morir desangrada en cualquier momento. O de pena. O de miedo.
Pero puedo morir.

Y lo repites: “te quiero más que…”

Y no tienes cojones a acabar la frase, como si tu pistola se hubiera descargado.
Como si ya me hubieras matado.
Como si ya te hubieras matado. De pena. O de miedo. O de (des)ganas.
Pero muerto.

Y da igual. Ya no tienen ningún sentido. Balas que van de tu boca a mi dedo corazón. Y no como antes, que salían de tu corazón y daban sentido a mis dedos.

Y te quieres morir. De pena.

Ya no late. Ya no lates. Esas palabras eran música excitante y ya no se mueve.

Y te acuerdas de cómo temblabas la primera vez.
La primera vez que se te escaparon.
La primera vez que te sonreí.
La primera vez que mis dedos perdieron el sentido de la orientación y se perdieron en tu cuerpo, y cobró sentido toda esta tortura.

Y se te sale la pena por los ojos.
Y sube un poco la marea.

Y te bajas las bragas.
Como si el corazón alguna vez hubiera estado tan mojado.

Y no te quiero.

Pero jugamos a la última esperanza entre gritos y golpes.
Entre alcohol y droga.
Entre todo este desorden.

Y exprimimos nuestras pieles como quien exprime el medio limón seco que viene de serie en todas las neveras. Del que no sacas nada de jugo, pero al menos te mojas las manos en el intento.
Como ahora.

Y la marea sube. Más.

Y yo bajo.
Te seco las lágrimas, que lo estamos entendiendo mal.
No es la cara lo que tiene que estar mojado.

Te acaricio los labios como antes.
Y me muerdes como siempre.

Y ya no sé si te quiero.
Si me quieres.

Y así sobrevivimos desde hace meses.
Como el medio limón que guardamos en la nevera.
Por si acaso.
“Espero que lo estés pasando bien.
Yo haré lo propio en la cama, pero no confundamos lo propio con lo apropiado, porque lo haré pensando en ti, y eso para nada es lo apropiado en estos momentos.”

Así me despedí de ti hace unas noches.

Y tú ni si quiera lo sabes.
Quizá por eso lo hice en una red social, en la que todos nos escondemos cuando somos más cobardes que personas.
Para que te enterases y no, al mismo tiempo.
Como el resto.

Lo pasaste bien, y me alegro de que por lo menos uno de los dos lo hiciera de una forma real, sin necesidad de imaginar cosas que sabemos que son imposibles, por que sí, lo siento, es hora de aceptarlo, hay cosas imposibles. Impasibles.

Pero tranquilos, que el hecho de que existan las cosas imposibles, no significa que el mundo vaya a acabarse, aunque eso sí que puede ser posible.

Te perdono.

Te perdono por haber conseguido engrasarme las bisagras del esternón sin saber que detrás de él, está el hijo de puta que se acelera cuando te acercas despacio.

Y por eso te perdono.

Y también te pido perdón.

Por haberme despistado.
Por intentar levantar la costra de la herida que pretendes arreglar a base de lametazos de de otra vida herida y falta de atención (como la mía).
Con otra saliva infectada de dolor. Porque, al fin y al cabo, dos dolores se hacen compañía, y acaban des-apareciendo de algún modo.

Buscabas eso.
Y yo lo que pretendía era, ser el carpintero que sacara ese clavo atravesado. Porque no nos engañemos, un clavo no saca otro clavo, lo puede clavar más profundamente para que no se vea en un primer vistazo, o puede moverlo hacia un sitio donde moleste menos, pero un clavo, no puede sacar a otro.

Y tú sólo querías tapar el dolor de la herida abierta.
Como cuando te pillas la mano y al ir a buscar hielo te tuerces un tobillo.

Te dolerá el tobillo, pero no podrás olvidar del todo que te has pillado la mano.

miércoles, 16 de octubre de 2013

control.

Me miras.

Tengo que irme. De verdad.

Y no es que quiera irme, o no de esa manera al menos. Pero no puedo quedarme.

Si no me quedo es por no perderme, que hasta mi brújula llavero pierde el norte cuando te acercas.

Te voy a contar un secreto que sólo sabe el escalón de entrada a ese portal antiguo que usamos de banco, y es que yo, aún, estoy más cerca del suelo que él. Y no conviene que sigamos aquí sentadas como si estuvieramos mendigando algo que el dinero no puede comprar.

Tú necesitas que te quieran como no lo hacen desde hace meses. O que te follen.

Y yo podría llegar a hacerlo. Todo.
Pero no puedo quedarme.

No te creas que no quiero seguir ahí. Lo que no quiero es llegar a demostarte que puedo conseguir complacer todas tus súplicas, aunque la que se ponga de rodillas sea yo, para que supliques más.

Apenas te conozco pero lo sé. Y tú en el fondo también lo tienes claro.

Y me voy.
Y te vas.

Te vas buscando todo los que echas en falta desde hace meses. Seguro que por ahí hay alguien con más cojones pero menos ganas que yo.

Y te empujo a conseguirlo.

Y me vuelvo al escalón de los secretos.
Y aquí te espero. Si es que algún día te apetece volver.
Hay cosas prohibidas, cosas peligrosas, cosas inevitables.
Hay cosas desconocidas que parece que conocemos, pero que solamente son un espejismo.
Hay cosas que están bien, otras que están mal, otras que no se sabe muy bien cómo están. Y hay cosas que están, como podrían no estarlo.
Hay cosas que son certeza y cosas que no sabemos muy bien si ni siquiera están pero nos conviene creeelo.

Hay muchas cosas. Cosas que agradan y cosas que joden. Y cosas que joden pero que agradan.

No sé.

Entre todas esas cosas, si me dieran a elegir ahora mismo, me quedaría contigo. En medio de la Gran Vía, tiritando de frío, o de miedo. Me quedaría con lo prohibido e inevitable al mismo tiempo.
Y esto no lo sabes, pero de verdad, pienso en esas conversaciones que no hemos tenido tanto como en respirar.
Suena extraño, pero si supieras cuánto pienso en ti, se te olvidaría hasta tu nombre.
Y temblarías. Esta vez de miedo. O de ganas por volver a verme. Como yo.

Bueno, y que hoy estabas muy guapa eso no lo niega nadie. Y que se les ocurra porque si lo hacen se quedarían sin ganas de mentir otra vez.

Y nada, que a ver si te vuelvo a ver comiendo una mandarina, que aunque suene raro, nadie las pela como tú. Las mandarinas, digo.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Tu que perdiste la fe en una sala de estar.

Esto es una locura.

No sé qué me pasó esa noche. 
No sé qué me hiciste, sin hacerme nada.

Quizá no te vuelva a ver, quién sabe. O quizá nunca como aquella noche.

Esto es una locura. 
Apenas te he visto unas horas y mírame escribiéndote a sabiendas que no lo vas a leer.


Esto es una puta locura,joder.
Pero quiero que sepas que las rayas te quedan genial. Te sientan mejor que a cualquier cocainomano en cualquier discoteca del centro. Que esos pantalones dejan alguna que otra marca de las que hay que saber mirar, y fíjate, aquí me tienes recordándolos. Recordándolas.

Y que aún sabiendo todo esto, también te digo, y puestos a desvariar, que estarías mucho mejor sin ellos. 

Y sí, lo sé, esto es una locura.

No entiendo, después de varios días, por qué siento la necesidad de saber de ti, y no entiendo, tampoco, por qué no tener noticias tuyas, me inquieta de esta manera. 

Ojalá,  de verdad, esta noche sueñes conmigo y mañana tengas la extraña sensación de querer hablar conmigo. Aunque sólo sea para saludarme. Pero que me hables.

No entiendes nada verdad? yo tampoco, ya te digo, una jodida locura.

viernes, 4 de octubre de 2013

Negra. Era negra. Y me gustaba.

Cuando la vi, pensé que tenía que ser mía de cualquiera de las maneras.
Brillaba.
Estaba bajo la misma luz que el resto y joder, brillaba de una manera casi sobrenatural.

Tenía que ser mía.

No me refiero para toda la vida. Ni siquiera sabría qué hacer con ella un día entero; pero tenía que ser mia aunque sólo fuese media hora.
Media hora me bastaba para demostrar que no lo hago tan mal.

Entré (ahí fue cuando supe las ganas que tenía. Me puse zapatos, y eso, no lo hago por cualquiera), y fui directamente hacia su sitio. Rápido, para que nadie me la quitara.

Era negra. Y brillaba.
Y por mucho que lo repita, no podéis haceros a la idea de cuánto lo hacía.

Me senté cerca y la miré.
No puedo decir lo mismo de ella, pero de algún modo conectamos. Lo sé.

Me acerqué a ella y la acaricié.

Joder, que suave!

Estuve tanteando el terreno un rato, hasta que me decidí a envolverla con mis manos.

La acerqué hacia mí y comencé a susurrarla cosas.

Como si me entendiera.
Como si me fuese a contestar.

La dejé el tiempo de cortesía que se deja cuando pretendes que alguien comprenda algo, o cuando necesitas que respondan a tus súplicas...

Pero nada.
No hay respuesta.
Y yo no me sorprendo.

Empecé a acariciarla sabiendo cuál iba a ser el final, y cuando me vi preparada, sin doblar el dedo corazón, lo metí en el agujero. Y así hasta meter el anular y el gordo, también.

Una vez dentro, estiré el brazo hacia abajo y hacia atrás, y después, rápidamente hacia delante.

Y la lancé por el medio de la pista, y la negra bola que tanto brillaba, no me falló. Todos los bolos calleron. No dejó ni uno en pie.

Eso sí que fue un pleno.

Sabía que podía confiar en ella.

martes, 1 de octubre de 2013

“Que ambiente más cargado..:” me susurras en esa habitación con persianas a medio subir (o bajar, según lo mires)…


Y sí, yo también lo pienso.

Y pienso si lo notarás, porque deben salírseme las ganas por la boca cada vez que la abro, y por eso, tal vez, tenga miedo de contestarte.

Hablo de las ganas de morderte las ganas.
Y de pintarte la espalda a arañazos.
Y de bañarte la piel con saliva.

Las ganas de reventar cada duda que se interponga entre tu cuerpo y el mío.
De arrancarte la goma del pelo (y de las bragas) como un león hambriento en medio de la Sabana.
De abrirte las piernas y cerrarte la boca. Entre las mías, digo.



De saltar los muelles del colchón que nos mira con miedo a que lo rompamos.
De convertir mi oxígeno en tu piel. Y respirarte.

Hablo de las ganas de morirme contigo. O en ti.
Hablo de la pequeña muerte, y no sé si me estás entendiendo.

De las ganas de hacer del gotelé del techo, tu constelación favorita y de tus lunares la mía.
De que tu noche sea estrellada y de que ninguna de esas estrellas que vas a ver sea fugaz. Que para concederte deseos ya estoy yo.

Hablo de labios, y de bocas.

Hablo de que falte el aire aún con esa ventana destartalada abierta de par en par. Como tú.

Hablo de que la luna creciente se llene de mirarnos, y acabe menguante muerta de envidia. Y que la veamos por el hueco que deja la persiana y le hagamos un giño como a ti tanto te gusta.



Pero sólo asiento, y te ayudo a abrir la puerta.

Y me voy. Yo.

Cuando en realidad, la que debería haberse ido sin salir de aquella habitación, eras tú.