He parado en estaciones abandonadas.
Con la boca llena de mentiras y las mentiras llenas de otras bocas.
En cuerpos de no más de una noche y noches con más de un cuerpo.
Quizás la lujuria hecha persona me rozó el alma sin intención, con el único pretexto de viciarme las sábanas de un olor a sexo-de-ayer-y-hoy-si-te-he-visto-no-me-acuerdo.
Jamás lo supe entender, y no olvidé ese olor a la mañana siguiente.
Y me arrastraba por la cama buscando el resquicio de su saliva, lo húmedo de su sudor, lo resbaladizo de...
Otras veces encontré la dulzura de la miel recién untada en sus pechos.
La inocencia de los niños en un cuerpo sin cordura.
Un laberinto de dudas que me incitaban a marcharme sin encontrar la salida, y me atrapaba aún más.
La quise.
La quería tanto que a veces la odiaba.
Y me odiaba.
Por quererla más que a mí.
Porque me quería así.
Aún la quiero.
Pero como se quieren los objetos y las sombras.
Como las flores al agua.
Como la risa al peta de antes de dormir.
Atravesé montañas, nubes, túneles fantasmas, y a algún que otro fantasma que me visitó en la oscuridad de un túnel que cabe en la habitación.
Y entonces llegó.
La excentricidad de un misterio me abofeteó la cara.
Se clavó entre ceja y ceja y me absorbió cada mirada.
La sonrisa se debatía con el llanto y el dolor con el placer.
Era una noria montada en la montaña rusa.
Aún recuerdo cada palabra del primer día.
Todas sus formas de romper el aire.
Sus uñas enganchadas a mi esternón, por dentro.
Los paisajes en mi espalda con sus dientes.
El paisaje de su cuerpo entre los míos.
Cada duda era un mundo que a veces me abarcaba y otras se reservaba el derecho de (mi) admisión.
Me goteaba las pablabas después de cada noche de goteras.
Y tras varios meses decidió viajar en otro cuerpo.
O a otro cuerpo.
Aún no lo he llegado a comprender.
Me perdí en Madrid y en sus rincones.
En su noche.
La que no descansa.
Entre ríos de cerveza y niebla de cigarros.
Entre la gente y alguna que otra persona.
Su tinta se quedó tatuada por debajo de mi piel.
Recorría mis venas como los galgos persiguen al conejo.
Me clavaba miradas como navajas suizas que me quitaban la voluntad de escupir palabras.
Le gustaba.
Y me gustaba.
Pero no supe explicarle cómo, ni cuánto.
Y los galgos cazaron otro conejo.
No sé si maldecirme o compadecerme.
Pero de momento Madrid, me guarda en secreto, como a una estación abandonada.
sábado, 30 de agosto de 2014
martes, 12 de agosto de 2014
dadududa
Era la primera vez que se atrevía a mirarse en el espejo sin apartar la mirada.
Aún tenía miedo.
Le faltaban las fuerzas y le sobraban las ganas.
Aún recordaba cómo la miraba.
El tacto de sus dedos recorriendo cada milímetro de mi piel.
Las sonrisas que le hacían rendirse, arrodillarme, para enseñarle el significado de la palabra placer.
Por fin habías vuelto.
Sola.
Libre.
Sin cadenas.
Sin promesas que cumplir.
Sin deseos que conceder.
Sin planes por hacer.
Sin mí.
Me moría por mirarte sin freno.
Por cantarte la canción con la que me pisabas los pies.
Por abrir las ventanas y darle razones al mundo para morirse de envidia y retorcerme de placer entre gemidos.
Por tocarte el amor donde resbala,
y el sexo donde ya no duele.
Pero estabas ahí, al otro lado del cristal.
Y yo sin tiempo que perder para ganar.
Y me voy.
Aún tenía miedo.
Le faltaban las fuerzas y le sobraban las ganas.
Aún recordaba cómo la miraba.
El tacto de sus dedos recorriendo cada milímetro de mi piel.
Las sonrisas que le hacían rendirse, arrodillarme, para enseñarle el significado de la palabra placer.
Por fin habías vuelto.
Sola.
Libre.
Sin cadenas.
Sin promesas que cumplir.
Sin deseos que conceder.
Sin planes por hacer.
Sin mí.
Me moría por mirarte sin freno.
Por cantarte la canción con la que me pisabas los pies.
Por abrir las ventanas y darle razones al mundo para morirse de envidia y retorcerme de placer entre gemidos.
Por tocarte el amor donde resbala,
y el sexo donde ya no duele.
Pero estabas ahí, al otro lado del cristal.
Y yo sin tiempo que perder para ganar.
Y me voy.
bring
Parece fácil.
Pasar por tu lado y contener la respiración.
Cortar el aire a puñetazos.
Reirse del filo de la navaja.
Contar momentos con los dedos y deseos con pestañas marchitas.
Verte reír.
Saberte cerca de una piel acorchada.
Parece fácil mirarte a través de otros.
Sentirte por caricias disfrazas.
Exprimir el jugo de otras piernas.
Compartir un porro como si fuera una vida.
Parece fácil.
Disimula, que ya no sé ni cómo joderle al viento.
Ni como secar el agua.
Ni salir de esta espiral de alcohol y recuerdos.
Que nos mienten, joder.
Que eso de que el roce hace el cariño, es mentira.
El roce hace quemadura, y por eso no hace falta jugar con fuego.
Sin si quiera disfrutar del polvo de después del cigarro de despedida.
Es jodido verte sonreír con otros brazos deshaciendote la cama.
Pero sonríe joder.
Que es aún más jodido no verte hacerlo.
Pasar por tu lado y contener la respiración.
Cortar el aire a puñetazos.
Reirse del filo de la navaja.
Contar momentos con los dedos y deseos con pestañas marchitas.
Verte reír.
Saberte cerca de una piel acorchada.
Parece fácil mirarte a través de otros.
Sentirte por caricias disfrazas.
Exprimir el jugo de otras piernas.
Compartir un porro como si fuera una vida.
Parece fácil.
Disimula, que ya no sé ni cómo joderle al viento.
Ni como secar el agua.
Ni salir de esta espiral de alcohol y recuerdos.
Que nos mienten, joder.
Que eso de que el roce hace el cariño, es mentira.
El roce hace quemadura, y por eso no hace falta jugar con fuego.
Sin si quiera disfrutar del polvo de después del cigarro de despedida.
Es jodido verte sonreír con otros brazos deshaciendote la cama.
Pero sonríe joder.
Que es aún más jodido no verte hacerlo.
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