sábado, 14 de julio de 2012

Una rubia bien fresquita.



Miraba la botella....miraba la botella y sus curvas,
y su firmeza,
y sus burbujas de aire que se escapaban por la boca resbalando lentamente por el cuello hasta llegar al exterior.

Miraba la botella y pensaba en ti,
en tus curvas,
en tu toque amargo en la personalidad que gastas. Que gustas.
Como la cerveza.
En las palabras que dejas que resbalen por tu garganta que recibo como una hostia en la cara, como cualquier gas tóxico que te anula por un momento. Largo.

Miro la botella y pienso en ti. En mi. En ti sin mi bailando en cualquier cama de cualquier lugar, peleándote sin ropa contra el espacio y demostrando que, a veces, los cuerpos se juntan tanto que es imposible diferenciar las fronteras entre una piel y la siguiente...

Sin mi. Con él...

domingo, 1 de julio de 2012

Adiós


Una noche. Cualquiera, da igual cual. Un paseo, sin rumbo. Unas cañas. Unas risas, de las de verdad. Carcajadas entrecortadas, vergonzosas, por los nervios. Algún que otro comentario que deja un silencio incomodo. No hay destino. Una casa, da igual: la tuya, la mía, la nuestra, la de nadie, es igual, una casa. Una televisión de fondo que hace de banda sonora, nadie la hace caso, qué más da? Caricias de mentira, de verdad. Más risas. Más silencios que no se saben romper. Más conversaciones que quizás no tenían continuación, o quizás si y no queríamos continuar, quién sabe. Respiración acelerada: no por la falta de aire; sí por exceso de miedo. Nervios a flor de piel. Tembleques sin sentido, pero que ahí están. No saber qué gestos proceden, y cuáles son los que sobran. Caricias, más caricias. Surrealismo. Mucho.
Despedida, pero de las que nunca se cumplen, de las que rompen la monotonía de no saber qué hacer.
Más charla. Más nervios. Más caricias.
Sueño, mucho sueño. Bajas en la lucha de no cerrar los ojos y ponerse a soñar. Abandonaste. Te dejaste vencer, o fuiste vencida sin piedad por el enemigo cansancio.

Ahora sí. Despedida. Pero de las que nunca sabes cuanto van a durar.

Beso. Desconcierto. Irracionalidad. Impulsos. Más besos.

Ya no hay sueño.

Tus manos, las mías.
Mi lengua, loca, enredada en tu piercing.
Mi mano. La suavidad de tu piel. Se encuentran. La acaricio, no puedo evitarlo. Tu cadera protegida por ella, que se perdió hace tiempo, no sé como llegó allí.
Tu saliva, mezclada con la mía. Sorpresa! Mi lengua sigue enredada, aunque ha cambiado de víctima, ya no es tu piercing, sino la tuya.

Mi mano tiene envidia y también cambia de victima. Sube, lentamente, aprovechándose de ese privilegio que supone recorrer tu piel, poro a poro, y notar como cada uno de ellos se eriza a su paso. Se siente afortunada. No más que yo.
Mi boca. Tu cuello. ¿Me creo vampiro? No lo sé, pero no puedo parar de morderlo. Te estremeces, lo noto. Sueltas un leve grito mudo. Te muerdo el labio para tragarme el ruido. ‘Shhhhh!’ No podemos hacer ruido. Lo entiendes, y decides contestarme atrapando mi labio entre tus dientes. Te lo agradezco, y busco mi mano… totalmente perdida en tu espalda. Buscaba algo, un enganche. Sujetador desabrochado. Mayor recorrido para mis manos despistadas.

Palabras sueltas entre las respiraciones, cada vez más aceleradas. -“Bésame y no hables más…”-. Obedecí.
Ya no sólo mis manos eran las que estaban perdidas, me había olvidado del ruido de fondo, la televisión desapareció de golpe. Donde estoy? Tu casa, la mía? Habíamos quedado que daba igual.

Dejo de pensar.

No estaba en el mismo sitio de la habitación donde empezó la despedida.
Da igual, no puedo parar de acariciarte. Tengo demasiados besos, quiero vaciarme de ellos, y tú, me los pides sin hablar.

Mis manos no tenían ningún derecho excepcional de ser las únicas en sentir  tu piel aterciopelada, y mis labios me amenazaron: no podían perderse esa sensación.
Empecé a recorrerte con ellos. Querían visitar todo el camino que mis manos ya habían andado, y a ellas las daba igual, estaban perdidas (otra vez) por los muchos recovecos que tu cuerpo esconde. Tenían claro que lo iban a explorar todo, de arriba abajo. No dejarían un solo resquicio sin recorrer.
Otra vez, me topo con tu piercing. Mis labios deciden jugar, y mi lengua no se queda atrás. Ningún ombligo lo luciría con tanta elegancia.

Vuelvo a notar que te estremeces, y antes de que puedas emitir cualquier sonido, te beso. Te callo. No puedes más. Me vuelvo a encontrar con tu cuello. Lo toco. Lo beso. Te retuerces, ahora también, en un intento de silenciar  de nuevo tu grito. De hacerlo sordo, y te retuerces aún más.
Te miro. “Abre los ojos, mírame, por favor”. Petición denegada. Quieres que vacíe todos los besos que caben en mi. Y quieres que los vacíe en ti(Imposible callarte gemidos si tus ojos no están cerrados. Es tu forma de concentrar las sensaciones que sientes, simulando que eres muda. En silencio. Cerrando los ojos).

Sin más. Obedezco. Sabía que si me guardaba alguno de esos besos, me odiaría para siempre, no podría perdonármelo. Y tampoco quería que hicieras ningún sonido. Esto es un secreto, nadie puede enterarse que estamos en…tu casa? La mía? Da igual, porque sea como sea, la hemos hecho nuestra. Así que, sí, ciérralos.

Busco mis manos.

Tus piernas, de película. No podía ser que mis manos se hubieran dado cuenta de ese ‘pequeño’ detalle antes que yo. Ya se las conocían de memoria. Decido dejar que sean ellas quienes me enseñen en qué punto tengo que centrar mis esfuerzos para hacerte sufrir al tener que volver a hacer mudo otro de tus  gemidos, y así tener excusa para poder besarte de nuevo. -“Tenía que silenciarte” te explicaría-.

Sudor.
Sobran los vaqueros. Hace calor, desde hace un rato.

Qué raro! Por fin mis manos obedecen a mi cabeza que planeó desabrocharte el botón. Lo consiguen, sin problema. Qué eficiencia.

Se pasean por todos los rincones, sin vergüenza alguna. Con toda naturalidad, y tú no pones pegas, incluso incitas a más. Hasta ese momento, pensaba que podrías ser perfectamente un ángel, pero para no tener sexo, esa zona estaba demasiado húmeda.
Deseché la idea. Eres real. Y si tú no lo eras, afirmé rotundamente que  era imposible que éstos  existiesen. “Los ángeles no existen…” recapacité, sin darme cuenta, en voz alta. Me miraste para que le diera fin a la frase. -“…pero si existieran, te has escapado de tu paraíso personal, para llevarme al mío propio”-.

Reíste.
Te beso.
Me abrazas.

-“termina de comprobar si realmente no soy un ángel”- me susurras al oído con una voz muy sensual. Bastante pícara.
Me muerdes la oreja. Acepto tu reto.

Dejo que mis manos hagan su trabajo. Me aprietas con una fuerza que ni siquiera tú sabías que tenías.
Se me escapa algún beso, aún me quedan. Me correspondes, aunque sólo sea para entretener tu boca y redimir las ganas de gritar.

Me hace gracia e intento hacerte gritar con más ganas aún. Te das cuenta.
Decides vengarte a tu manera.
    
Te miro. Me sonríes de medio lado, con esa sonrisa característica de que me iba a arrepentir de lo que estaba haciendo.

Sí, llevabas razón. Me arrepiento.

Dejas de aguantar los gritos, y, poco a poco, se resbalan por tu garganta.

Clavas tu mirada en la mía con inocencia y una sonrisa que posee toda la dulzura que puede caber en una.

Te tapo la boca y me abrazas de nuevo. (Y sí, después de esto, puedo confirmar que no existen los ángeles, de existir alguno, sería ella, y ya ves… parece ser que todo el mundo es mortal).

Extenso, largo, intenso, desconcertante, placentero, divertido, húmedo… se me ocurren muchos adjetivos para definir este momento. Podría llamarlo de muchas formas. De muchas, pero no despedida.

He de irme.

Quieres hablar. Quieres aclarar que hay noches irrepetibles. Lo entiendo, lo acepto. Te molesta que no intente rebatirte que esto no es una simple noche: por ti, por mi. Porque tú lo sabes. Porque yo lo sé.
Se me hace tarde.

Adiós.