martes, 14 de mayo de 2013

Se escuchó un pitido.
No quiso mirarle.
El tren cerró sus puertas, y ella no quiso mirarle.
Oía cómo se alejaba por aquellas viejas vías oxidadas, y no se giró.
Siempre había dicho que odiaba las despedidas, pero siempre saludaba con ganas, como si después de un saludo no hubiera que despedirse en algún momento.
No se dio la vuelta. 
Sabía que ésa era la definitiva. No volvería a despedirse por que nunca volverían a encontrarse.
Sabía también que los primeros días dolerían pero después, sería un recuerdo vivo pero marchito, de esos que son tan felices que hasta duelen en el pecho y hacen nudos de marinero que provocan lágrimas (siempre he pensado que es agua de mar que rebosa por los ojos, por eso lo de marinero, pero ése es otro tema).

Ya no hace frío en invierno, ni calor en verano.
Ya no respira para descubrir olores nuevos, sino por inercia como mecanismo de supervivencia.
Ya no llora, ni tampoco ríe.

Desde aquel día no coge un tren ni pisa ninguna estación.

Siempre le dolió despedirse, y ahora se muere por volver a hacerlo.

Desde aquel día no saluda a nadie por miedo a tener que despedirse más tarde.

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