Sin levantarnos y sin hablar, nuestras bocas se encuentran, furiosas. La puerta de cristales se sigue alejando, avergonzada, mientras mis manos se pelean por transitar su cuerpo. La derecha camina indecisa entre la cintura y las caderas, mientras la izquierda se demora en las rodillas, buscando la luz. Las de ella, en cambio, se organizan rápidamente y en tanto la siniestra aferra mi espalda para sostenernos, la diestra, muy diestra, trepa mi pierna durante meses, rumbo al volcán de sus desvelos. Mi mano izquierda descubrirá que la luz está más allá de las rodillas, porque se interna hacia el resplandor blanco que palpita. Debe haberse desatado una tormenta, ya que al llegar encuentro todo húmedo. O tal vez sea un terremoto, porque siento cómo el territorio se convulsiona herido.
Carlos Salem.
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