Una
noche. Cualquiera, da igual cual. Un paseo, sin rumbo. Unas cañas. Unas risas,
de las de verdad. Carcajadas entrecortadas, vergonzosas, por los nervios. Algún
que otro comentario que deja un silencio incomodo. No hay destino. Una casa, da
igual: la tuya, la mía, la nuestra, la de nadie, es igual, una casa. Una
televisión de fondo que hace de banda sonora, nadie la hace caso, qué más da?
Caricias de mentira, de verdad. Más risas. Más silencios que no se saben
romper. Más conversaciones que quizás no tenían continuación, o quizás si y no
queríamos continuar, quién sabe. Respiración acelerada: no por la falta de
aire; sí por exceso de miedo. Nervios a flor de piel. Tembleques sin sentido,
pero que ahí están. No saber qué gestos proceden, y cuáles son los que sobran.
Caricias, más caricias. Surrealismo. Mucho.
Despedida, pero de las que
nunca se cumplen, de las que rompen la monotonía de no saber qué hacer.
Más charla. Más nervios. Más
caricias.
Sueño, mucho sueño. Bajas en
la lucha de no cerrar los ojos y ponerse a soñar. Abandonaste. Te dejaste
vencer, o fuiste vencida sin piedad por el enemigo cansancio.
Ahora
sí. Despedida. Pero de las que nunca sabes cuanto van a durar.
Beso.
Desconcierto. Irracionalidad. Impulsos. Más besos.
Ya
no hay sueño.
Tus
manos, las mías.
Mi
lengua, loca, enredada en tu piercing.
Mi mano. La suavidad de tu
piel. Se encuentran. La acaricio, no puedo evitarlo. Tu cadera protegida por
ella, que se perdió hace tiempo, no sé como llegó allí.
Tu saliva, mezclada con la
mía. Sorpresa! Mi lengua sigue enredada, aunque ha cambiado de víctima, ya no
es tu piercing, sino la tuya.
Mi
mano tiene envidia y también cambia de victima. Sube, lentamente,
aprovechándose de ese privilegio que supone recorrer tu piel, poro a poro, y
notar como cada uno de ellos se eriza a su paso. Se siente afortunada. No más
que yo.
Mi boca. Tu cuello. ¿Me creo
vampiro? No lo sé, pero no puedo parar de morderlo. Te estremeces, lo noto.
Sueltas un leve grito mudo. Te muerdo el labio para tragarme el ruido.
‘Shhhhh!’ No podemos hacer ruido. Lo entiendes, y decides contestarme atrapando
mi labio entre tus dientes. Te lo agradezco, y busco mi mano… totalmente
perdida en tu espalda. Buscaba algo, un enganche. Sujetador desabrochado. Mayor
recorrido para mis manos despistadas.
Palabras
sueltas entre las respiraciones, cada vez más aceleradas. -“Bésame y no hables
más…”-. Obedecí.
Ya no sólo mis manos eran
las que estaban perdidas, me había olvidado del ruido de fondo, la televisión
desapareció de golpe. Donde estoy? Tu casa, la mía? Habíamos quedado que daba
igual.
Dejo
de pensar.
No
estaba en el mismo sitio de la habitación donde empezó la despedida.
Da igual, no puedo parar de
acariciarte. Tengo demasiados besos, quiero vaciarme de ellos, y tú, me los
pides sin hablar.
Mis
manos no tenían ningún derecho excepcional de ser las únicas en sentir tu piel aterciopelada, y mis labios me
amenazaron: no podían perderse esa sensación.
Empecé a recorrerte con
ellos. Querían visitar todo el camino que mis manos ya habían andado, y a ellas
las daba igual, estaban perdidas (otra vez) por los muchos recovecos que tu
cuerpo esconde. Tenían claro que lo iban a explorar todo, de arriba abajo. No
dejarían un solo resquicio sin recorrer.
Otra vez, me topo con tu
piercing. Mis labios deciden jugar, y mi lengua no se queda atrás. Ningún
ombligo lo luciría con tanta elegancia.
Vuelvo
a notar que te estremeces, y antes de que puedas emitir cualquier sonido, te
beso. Te callo. No puedes más. Me vuelvo a encontrar con tu cuello. Lo toco. Lo
beso. Te retuerces, ahora también, en un intento de silenciar de nuevo tu grito. De hacerlo sordo, y te
retuerces aún más.
Te miro. “Abre los ojos,
mírame, por favor”. Petición denegada. Quieres que vacíe todos los besos que
caben en mi. Y quieres que los vacíe en ti(Imposible callarte gemidos si tus
ojos no están cerrados. Es tu forma de concentrar las sensaciones que sientes,
simulando que eres muda. En silencio. Cerrando los ojos).
Sin
más. Obedezco. Sabía que si me guardaba alguno de esos besos, me odiaría para
siempre, no podría perdonármelo. Y tampoco quería que hicieras ningún sonido.
Esto es un secreto, nadie puede enterarse que estamos en…tu casa? La mía? Da
igual, porque sea como sea, la hemos hecho nuestra. Así que, sí, ciérralos.
Busco
mis manos.
Tus
piernas, de película. No podía ser que mis manos se hubieran dado cuenta de ese
‘pequeño’ detalle antes que yo. Ya se las conocían de memoria. Decido dejar que
sean ellas quienes me enseñen en qué punto tengo que centrar mis esfuerzos para
hacerte sufrir al tener que volver a hacer mudo otro de tus gemidos, y así tener excusa para poder
besarte de nuevo. -“Tenía que silenciarte” te explicaría-.
Sudor.
Sobran
los vaqueros. Hace calor, desde hace un rato.
Qué
raro! Por fin mis manos obedecen a mi cabeza que planeó desabrocharte el botón.
Lo consiguen, sin problema. Qué eficiencia.
Se
pasean por todos los rincones, sin vergüenza alguna. Con toda naturalidad, y tú
no pones pegas, incluso incitas a más. Hasta ese momento, pensaba que podrías
ser perfectamente un ángel, pero para no tener sexo, esa zona estaba demasiado
húmeda.
Deseché la idea. Eres real.
Y si tú no lo eras, afirmé rotundamente que
era imposible que éstos
existiesen. “Los ángeles no existen…” recapacité, sin darme cuenta, en
voz alta. Me miraste para que le diera fin a la frase. -“…pero si existieran,
te has escapado de tu paraíso personal, para llevarme al mío propio”-.
Reíste.
Te beso.
Me abrazas.
-“termina de comprobar si
realmente no soy un ángel”- me susurras al oído con una voz muy sensual.
Bastante pícara.
Me muerdes la oreja. Acepto
tu reto.
Dejo
que mis manos hagan su trabajo. Me aprietas con una fuerza que ni siquiera tú
sabías que tenías.
Se me escapa algún beso, aún
me quedan. Me correspondes, aunque sólo sea para entretener tu boca y redimir
las ganas de gritar.
Me
hace gracia e intento hacerte gritar con más ganas aún. Te das cuenta.
Decides vengarte a tu
manera.
Te
miro. Me sonríes de medio lado, con esa sonrisa característica de que me iba a
arrepentir de lo que estaba haciendo.
Sí,
llevabas razón. Me arrepiento.
Dejas
de aguantar los gritos, y, poco a poco, se resbalan por tu garganta.
Clavas
tu mirada en la mía con inocencia y una sonrisa que posee toda la dulzura que
puede caber en una.
Te
tapo la boca y me abrazas de nuevo. (Y sí, después de esto, puedo confirmar que
no existen los ángeles, de existir alguno, sería ella, y ya ves… parece ser que
todo el mundo es mortal).
Extenso, largo, intenso, desconcertante, placentero,
divertido, húmedo… se me ocurren muchos adjetivos para definir este momento.
Podría llamarlo de muchas formas. De muchas, pero no despedida.
He de irme.
Quieres hablar. Quieres aclarar que hay noches
irrepetibles. Lo entiendo, lo acepto. Te molesta que no intente rebatirte que
esto no es una simple noche: por ti, por mi. Porque tú lo sabes. Porque yo lo
sé.
Se
me hace tarde.
Adiós.
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