Te escribo porque mi cobardía no me deja hacer otra cosa:
Te quiero contar que desde hace tiempo tienes el papel de protagonista en todos mis delirios de niña sin juguete.
Me fumo mis miedos en papel OCB teñido de verde y marrón y me bebo los tuyos largos y con dos hielos.
Fríos, como tú.
Que en caliente todo se ve peor, dicen.
Cómo me fui.
Cómo me dejaste (hu)ir.
Que aquí nadie mueve un dedo si no es en la cama, y así nos va.
"Esto es lo que hay" y yo por más que miro no veo nada.
Y eso es lo que había.
Mi miedo escénico sólo me deja actuar cuando se ha bajado el telón.
O tú las bragas.
Y ahora hace frío.
Y yo sigo viendo las cosas mal, como en caliente.
Y no te bajas las bragas.
Ni yo me agacho a pedir perdón por no arañarte la espalda un poco más.
Punto y apártate de mi lado si no quieres romper la tregua.
Dale la vuelta al colchón porque chorrea recuerdos, y te vas a constipar de tanto despertárte humeda.
Cierra la puerta. Y las piernas, que ya no voy a volver.
Devuélveme las ganas, que la eternidad no es para siempre y el tiempo vuela con un ala rota.
Y que nada es para siempre.
Y yo sigo sin ver nada desde que se acabó el sustitutivo del chocolate que se toma entre las sábanas.
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