Tengo hambre, tengo ganas de ti y no te tengo.
Tengo tiempo que no tengo para pensar en ti.
Tengo una imaginación que no sabía que tenía.
Te veo cuando la miras.
La veo cuando me miras a mí.
Veo tu inocencia disfrazada de ingenuidad.
Tus ganas de mí vistiéndole a ella.
Y me veo a mí desde fuera rompiendo las reglas imaginando mirarnos sin miedo.
Veo tus nervios jugando con tu pelo desviando tu mirada de la mía, como si hubieras encontrado el interés de una baldosa.
Hay veces que el suelo puede ser muy interesante.
Te escondes detrás de ella, mirando hacia abajo obligada, porque sabes que conmigo ahí no podrías mirarle a ella.
Y rompo las reglas.
Y pido perdón porque no puedo evitarlo.
Y te sonrío.
Y desvío tu mirada del suelo.
Y me sonríes.
Te traigo hacia mí.
Me olvido de ella.
Tú también.
Me agarras la mano y la noche empieza a tener el sentido que le falta a todo lo demás.
Nos mira.
Se va.
Te quedas.
Lo siento.
Sabemos que va a ser eterno.
La etenidad que cabe en una calle de apenas 20 metros.
Rompo las reglas, pero no todo lo que me gustaría.
Te insulto por no besarte.
Me cruzas la cara porque no podemos hacer más.
Te pongo contra la pared.
Te ríes.
Te muerdes el labio porque el insulto lo inventé yo como excusa.
Y te vuelvo a insultar, ahora por no besarme.
Te arrastro al medio de la calle.
Nos mira.
Por suerte para ella se acabó la calle...
Vuelves con ella que rebosa celos, y me río.
Volveremos a encontrarnos, ya verás...
No hay comentarios:
Publicar un comentario