Desde que no me rozas ya ni el sol me quema.
No sabes mirarme sin humo que esconda tus intenciones.
No quieres hablarme sin echar (un) polvo de por medio que haga olvidar las últimas cosas que no nos dijimos.
Y es que llega un momento en que las miradas se quedan afónicas de tanto gritar.
Los ojos secos porque la única humedad que existe, habita en las bragas.
Y las lenguas sin la capacidad de mediar palabra.
Espero que ella sepa leerte los labios, besarte la boca y morderte cada lunar.
Espero que tú disfrutes contando gemidos en acústico, que siempre suenan mejor.
Cuántas manos tienen que tocar tus cuerdas de cinco dedos para que alguna haga la melodía que hicimos contando rallas de drogas sin contar que leían futuros inciertos.
Supongo que un pajaro no está hecho para vivir entre rejas, pero yo ya no sé vivir en libertad desde que te bajaste el pantalón para describir el sueño de una noche de verano sin palabras.

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