sábado, 30 de agosto de 2014

wiwowiwowiwowiwowiwo.

He parado en estaciones abandonadas.

Con la boca llena de mentiras y las mentiras llenas de otras bocas.
En cuerpos de no más de una noche y noches con más de un cuerpo.

Quizás la lujuria hecha persona me rozó el alma sin intención,  con el único pretexto de viciarme las sábanas de un olor a sexo-de-ayer-y-hoy-si-te-he-visto-no-me-acuerdo.
Jamás lo supe entender, y no olvidé ese olor a la mañana siguiente.
Y me arrastraba por la cama buscando el resquicio de su saliva, lo húmedo de su sudor, lo resbaladizo de...

Otras veces encontré la dulzura de la miel recién untada en sus pechos.
La inocencia de los niños en un cuerpo sin cordura.
Un laberinto de dudas que me incitaban a marcharme sin encontrar la salida, y me atrapaba aún más. 
La quise.
La quería tanto que a veces la odiaba. 
Y me odiaba.
Por quererla más que a mí. 
Porque me quería así. 

Aún la quiero.
Pero como se quieren los objetos y las sombras. 
Como las flores al agua.
Como la risa al peta de antes de dormir. 

Atravesé montañas,  nubes, túneles fantasmas, y a algún que otro fantasma que me visitó en la oscuridad de un túnel que cabe en la habitación.

Y entonces llegó.
La excentricidad de un misterio me abofeteó la cara.
Se clavó entre ceja y ceja y me absorbió cada mirada.
La sonrisa se debatía con el llanto y el dolor con el placer.
Era una noria montada en la montaña rusa.
Aún recuerdo cada palabra del primer día. 
Todas sus formas de romper el aire.
Sus uñas enganchadas a mi esternón,  por dentro.
Los paisajes en mi espalda con sus dientes.
El paisaje de su cuerpo entre los míos. 
Cada duda era un mundo que a veces me abarcaba y otras se reservaba el derecho de (mi) admisión. 
Me goteaba las pablabas después de cada noche de goteras.
Y tras varios meses decidió viajar en otro cuerpo.
O a otro cuerpo.
Aún no lo he llegado a comprender.

Me perdí en Madrid y en sus rincones.
En su noche.
La que no descansa.
Entre ríos de cerveza y niebla de cigarros.
Entre la gente y alguna que otra persona.

Su tinta se quedó tatuada por debajo de mi piel.
Recorría mis venas como los galgos persiguen al conejo.
Me clavaba miradas como navajas suizas que me quitaban la voluntad de escupir palabras.
Le gustaba.
Y me gustaba.
Pero no supe explicarle cómo, ni cuánto. 
Y los galgos cazaron otro conejo.

No sé si maldecirme o compadecerme.
Pero de momento Madrid,  me guarda en secreto, como a una estación abandonada.

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