Era la primera vez que se atrevía a mirarse en el espejo sin apartar la mirada.
Aún tenía miedo.
Le faltaban las fuerzas y le sobraban las ganas.
Aún recordaba cómo la miraba.
El tacto de sus dedos recorriendo cada milímetro de mi piel.
Las sonrisas que le hacían rendirse, arrodillarme, para enseñarle el significado de la palabra placer.
Por fin habías vuelto.
Sola.
Libre.
Sin cadenas.
Sin promesas que cumplir.
Sin deseos que conceder.
Sin planes por hacer.
Sin mí.
Me moría por mirarte sin freno.
Por cantarte la canción con la que me pisabas los pies.
Por abrir las ventanas y darle razones al mundo para morirse de envidia y retorcerme de placer entre gemidos.
Por tocarte el amor donde resbala,
y el sexo donde ya no duele.
Pero estabas ahí, al otro lado del cristal.
Y yo sin tiempo que perder para ganar.
Y me voy.

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