Eres la persona más (mal) cabezona que conozco.
Conformista.
No te conformes con ‘lo que hay’ hasta que no haya lo que quieras.
(Aunque no sea yo).
Aunque, según tú, así tenga que ser.
Nunca.
Te quiero. No podían faltar esas dos palabras, ya sabes que las repito de más porque las escuchas de menos.
Hoy me he despertado después de soñar contigo, como de costumbre últimamente, y he decidido escribirte algo que no sé si quiera si leerás. (ya sabes, quizá demasiado largo)
Vengo a recordarte lo que soy, por lo que eres.
Vengo a asegurarme de que aún eres lo que sé, para saber lo que soy.
No finjas.
Duele. Duele como me has dolido a mí.
Ni se te ocurra pasar de puntillas por la vida de cualquiera que se atreva a mirarte un poco más allá del lunar de tu barbilla.
Quiere.
Quiere mucho que es la mejor sensación que puedes regalar para este mundo de mierda.
Haz de menos al frio y sé tú quien erice la piel después de un susurro en el cuello del siguiente que se te acerque a menos de dos centímetros de tu boca.
Cuando el calor se haga dueño de la situación, aunque sea pleno diciembre.
Olvídate del miedo.
Olvídate, joder, y enséñale tus hoyuelos para que ni se atreva a mirarte.
Qué guapa.
Qué bien te quedan, capulla.
Y mírale a los ojos con los tuyos (saltones? Jajaj y preciosos, esto último lo afirmo) y escúpele que él y tú, ya nunca iréis de la mano, que joder, tú también te mereces conocer eso que los que no te conocen llaman felicidad cuando consiguen llegar al autobús y cogerlo sin esperar.
Ellos sí que se conforman si a eso le llaman felicidad.
Si, sin conocerte, se atreven a pronunciar esa palabra.
Empieza de cero.
Empieza a vivir.
Y coño, SÉ FELIZ, de una puta vez.
Empieza a vivir.
Y coño, SÉ FELIZ, de una puta vez.
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