“Joder, levántate ya que se va a hacer real el dicho ‘Se te
han pegado las sábanas’…” –me digo sin mucha convicción de poder cumplir mis
plegarias.
No había nada por lo que levantarse de la cama. El edredón
es un hijo de puta que se ríe de todo aquel que se levanta (y más si lo hace
sin ganas) y se lleva la ostia del frío polar en cada rincón de su cuerpo.
El día tampoco me animaba a salir de la cama. Era un día
nublado. No oscuro, pero nublado. Un día de nieve, pero peor. Sin nevar.
Eran las 6 de la tarde y sin mucha seguridad pienso que ayer
concerté una cita de amigos y cervezas.
Arrastrando los pies, busco el móvil entre ropa sucia y
basura de comida precocinada que hay por el suelo del piso.
-
Esto tiene que cambiar –pienso.-
pero no será hoy…
El móvil lo confirma. Unas cervezas en unas horas.
Empezamos a hacer nuestro Camino de Santiago particular, ése
que al finalizarlo hará que disfrutemos por unas horas entre risas y llantos,
entre tapas de aceitunas y panchitos pasados de fecha y tragos de ese elixir
que te hace olvidar todo.
El bar estaba lleno, se podía respirar aún, pero ya no
quedaba ningún hueco para posar el vaso de las nuevas personas que entraran
pensando en pasarlo bien o en olvidar cualquier tipo de recuerdo dañino por
unas horas, cambiándolo por un intenso dolor de cabeza y boca seca a la mañana siguiente.
Había que hablar casi a gritos y comentábamos lo desastre
que estaban nuestras vidas en aquel momento con una sonrisa en la cara. Ahí lo
hacíamos cómico, pero joder, cómo duele cuando llegas a casa y te ves solo.
De repente, todo el bar se quedó en silencio. Yo miraba a mí
alrededor, y aunque no oía nada, veía a la gente moviendo los labios, riéndose,
haciendo gestos con el cuerpo. Lo veía con todo tipo de detalle porque parecía
haberse parado el tiempo. Todo iba mucho más lento. Una ráfaga de aire helado
choca contra mi cara y comprendo qué esta pasando.
Se abre la puerta del bar, despacio.
Las baldosas se preparan para aguantar paso a paso sus
pisadas. Era Ella. No había entrado aún en el bar, pero lo sabía. Sólo oía, y
muy fuerte, cada latido que mi atrofiado corazón daba, el reloj iba mucho más
despacio, todo lo demás daba igual. Mi cabeza se gira como un imán hacia la
puerta..y eso sólo ocurre cuando Ella esta cerca.
Efectivamente, ahí está. Es Ella. Ella y su amiga
excéntrica. Siempre la he hecho creer que me ha caído bien para respetar al
máximo su relación, pero es mentira, como otras muchas cosas en mi vida. Había
algo detrás de tanta excentricidad que no acababa de convencerme, pero bueno,
ése es otro tema.
Entraron las dos en el bar, sin complicaciones, las baldosas
se prepararon e inconscientemente, la gente que había en esas baldosas, se
apartaron como si de un instinto innato se tratara. Lo tenían aprendido sin darse
cuenta.
Entraron directas a la barra. Ella entró susurrándole algo a
su amiga, mientras se ponía de puntillas como buscando algo o alguien. Su
amiga, más calmada que Ella, echa un vistazo lento por todo el bar y clava su
mirada en mí. Estaba claro lo que estaba pasando, me buscaba. Ella me estaba
buscando.
Cuando noté los ojos de su amiga clavados en los míos todo
volvió a la normalizad. Los gritos volvieron a oírse, el reloj recuperó su
funcionamiento normal…
“Eh”, “Qué pasa?”, “Estás bien?”, “Hay que dejar las drogas,
que te dejan como a esta, mírala”…
Por fin podía oír las gilipolleces de mis amigos. Me reí con
ellos. Y ellos no le dieron mayor importancia a mis minutos de éxtasis,
siguieron con sus historias para no dormir. Ya no me importaban. Pensaba en
Ella. Y maldecía a su amiga la Excéntrica por estar con Ella. Por que la
Excéntrica estuviera en ese taburete y no yo.
No me atrevía a girarme y mirarla cuando noté dos toques en
el hombro. Era Ella. Sola. Me giré, y vi a lo lejos a su amiga la Excéntrica
mirándome desde su taburete, sin parpadear apenas. Ella me agarró del brazo sin
mediar palabra y me sacó del bar. Sin
explicaciones. Sin permiso. Me agarró y salimos de ahí.
-
Sé que me has visto. Por qué no me
mirabas? –dijo sin saludar si quiera.
Yo agaché la cabeza.
-
Por que no has contestado a mis
mensajes?
Estaba enfadada. No tenía derecho, pero lo estaba. No dije
nada. No sabía por qué no contestaba a sus mensajes, porque en el fondo deseaba
hacerlo. Pero sentía que no debía. Así que no supe qué contestar. Y eso la
enfadó aún más.
-
Qué pasa? No quieres hablar
conmigo? –dijo desesperada por escuchar una respuesta.
No pude aguantarme más y contesté.
-
No hay nada que más quiera en este
mundo que hablar contigo –hice una pausa- bueno miento. Sí lo hay. –me miró
expectante- estar contigo. Hablar contigo pero no por mensajes.
No dijo nada. No se esperaba esa respuesta, así que,
continué.
-
Pero no puede ser. Eso lo quiero
yo, no tú. Y aunque quisieras, no podría ser. Ya tienes con quién compartir tu
vida.
Me miró extrañada.
La expliqué.
-
Mira, me gustas mucho, bueno, no
mucho, si no de verdad. Me gustas de verdad –recalqué- no sé si mucho o poco.
Pero de verdad. Y me gustas así. Imposible, inalcanzable, hecha para otro y no
para mí.
Me miró sin estar entendiendo nada.
-
No te digo esto para que cambie
nada, de verdad, me gustas con pareja y no quiero que eso cambie, pero no
vuelvas a decir que lo que me pasa es que no quiero hablar contigo, por favor.
Noté como mi corazón se aceleraba según iba avanzando la
conversación.
Ella se quedó parada. Callada. Mirándome.
Estábamos muy cerca. Yo, sin querer, la había cogido de las
manos para explicarme.
-
Y qué te digo yo ahora?... – me
dijo con los ojos vidriosos.
Me miró. Me acarició la cara. Y me dio un beso.
Dios…Sus labios… no son nada del otro mundo, lo juro, pero
no puedo resistirme a ellos.
Esta vez sí iba a hacerlo. Puse mis dedos entre las dos,
acariciando su labio inferior con la yema de mi dedo índice.
-
No… -le dije sin dejar de mirar
mis dedos acariciando sus labios- No me estás entendiendo, no es eso lo que
quiero…
Me besó el dedo y con su mano agarró la mía.
Seguía con la mirada puesta en sus labios, y noté cómo me
dolía no poder besarlos. Se me encogía el pecho y los ojos cada vez estaban más
húmedos.
-
Qué quieres que haga entonces? –me
dijo.
-
Nada –dije mientras notaba
resbalar la primera lágrima por mi mejilla.- No quiero que hagas nada. Bueno
sí. Quiero que me dejes seguir teniéndote en mi vida y que no me saques de la
tuya. Por favor.
Me miró y sonrió. Nos dimos un abrazo de los que duelen,
pero que dolerían más si no se dieran. Hubiera sido eterno, pero la Excéntrica,
abrió la puerta del bar, y Ella se separó. La Excéntrica la miró y la hizo un
gesto para que entrase ya, todo sin perder esa sonrisa burlona de su cara.
Cuando Ella dejó de mirarla, para mirarme a mí, la Excéntrica me miró y sin
quitarse la sonrisa hizo un gesto chulesco y cerró la puerta.
-
Ya te lo he dicho, ahora ya puedes
entrar y reírte de mí con tu amiga. Que lo estáis deseando. Al menos ella.
Con esas palabras me fui. La Excéntrica y su actitud me
enfadaron. Me dio la impresión de que estaba riéndose de mí, y todo esto había
sido un teatro para amenizar su tarde.
Ella. Se quedó parada. En la puerta del bar. Mirando cómo
desaparecía al final de la calle. Quieta.
Quiero pensar que ella nunca ha querido reírse de mí.
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