Antes estabas y sólo, a veces, te llegaba a sentir. Ahora te siento siempre, porque no estás.
Y lo siento.
Y me da pena. Me doy pena.
Antes odiaba que dijeras mi nombre todo el tiempo aunque fuera para bailarme el agua. Y ahora para oirlo tengo que ir al Starbucks, dar mi nombre con cara de resignacion, y pedirme ese batido de frambuesa y mango que tanto odiaba por lo mucho que te gustaba esa fruta triturada y no yo.
Antes odiaba esa sonrisa estúpida que me salía y que no comprendía cada vez que me mirabas. Y amaba tus momentos de despiste en los que sin querer, tú, eras la que me sonreía. Ahora odio lo despistada que eras. Y que eres. Que hayas olvidado cómo pronunciar mi nombre y que tus dedos ya no escriban para mi.
Que sepas que las galletas nunca serán lo que eran antes de ti. Y me las comeré con dolor y cariño a formas iguales. Como un café amargo que es inevitable tomar.
Y me dormiré, y pasaremos esas noches que nunca pasamos por falta de tiempo y exceso de miedo.
Compartiremos ésas noches sin que tú te enteres de que habíamos quedado, pero de sobra sabrás al despertarte sin mi, que la noche la pasaste acompañada. No lo haré por joderte, o por obligación, pero lo soñaré con tantas fuerzas que notarás el resquicio del sueño y sentirás mi piel y mi aliento mojando las sábanas de sudor. Y algo más...
Y no entenderás qué pasó, pero querrás que vuelva a hacerlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario