“Que ambiente más cargado..:” me susurras en esa habitación con persianas a medio subir (o bajar, según lo mires)…
Y sí, yo también lo pienso.
Y pienso si lo notarás, porque deben salírseme las ganas por la boca cada vez que la abro, y por eso, tal vez, tenga miedo de contestarte.
Hablo de las ganas de morderte las ganas.
Y de pintarte la espalda a arañazos.
Y de bañarte la piel con saliva.
Las ganas de reventar cada duda que se interponga entre tu cuerpo y el mío.
De arrancarte la goma del pelo (y de las bragas) como un león hambriento en medio de la Sabana.
De abrirte las piernas y cerrarte la boca. Entre las mías, digo.
De saltar los muelles del colchón que nos mira con miedo a que lo rompamos.
De convertir mi oxígeno en tu piel. Y respirarte.
Hablo de las ganas de morirme contigo. O en ti.
Hablo de la pequeña muerte, y no sé si me estás entendiendo.
De las ganas de hacer del gotelé del techo, tu constelación favorita y de tus lunares la mía.
De que tu noche sea estrellada y de que ninguna de esas estrellas que vas a ver sea fugaz. Que para concederte deseos ya estoy yo.
Hablo de labios, y de bocas.
Hablo de que falte el aire aún con esa ventana destartalada abierta de par en par. Como tú.
Hablo de que la luna creciente se llene de mirarnos, y acabe menguante muerta de envidia. Y que la veamos por el hueco que deja la persiana y le hagamos un giño como a ti tanto te gusta.
Pero sólo asiento, y te ayudo a abrir la puerta.
Y me voy. Yo.
Cuando en realidad, la que debería haberse ido sin salir de aquella habitación, eras tú.

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