“Te quiero”
Cómo lo haces? Nunca he podido querer a alguien sin sentir.
Y tú ya no sientes, pero “me quieres”.
Querer es lo que se te ha olvidado.
Me quieres (querer).
Disparas esas dos balas por tu boca, sin saber que las balas duelen, y más si apuntas al corazón.
Puedo morir desangrada en cualquier momento. O de pena. O de miedo.
Pero puedo morir.
Y lo repites: “te quiero más que…”
Y no tienes cojones a acabar la frase, como si tu pistola se hubiera descargado.
Como si ya me hubieras matado.
Como si ya te hubieras matado. De pena. O de miedo. O de (des)ganas.
Pero muerto.
Y da igual. Ya no tienen ningún sentido. Balas que van de tu boca a mi dedo corazón. Y no como antes, que salían de tu corazón y daban sentido a mis dedos.
Y te quieres morir. De pena.
Ya no late. Ya no lates. Esas palabras eran música excitante y ya no se mueve.
Y te acuerdas de cómo temblabas la primera vez.
La primera vez que se te escaparon.
La primera vez que te sonreí.
La primera vez que mis dedos perdieron el sentido de la orientación y se perdieron en tu cuerpo, y cobró sentido toda esta tortura.
Y se te sale la pena por los ojos.
Y sube un poco la marea.
Y te bajas las bragas.
Como si el corazón alguna vez hubiera estado tan mojado.
Y no te quiero.
Pero jugamos a la última esperanza entre gritos y golpes.
Entre alcohol y droga.
Entre todo este desorden.
Y exprimimos nuestras pieles como quien exprime el medio limón seco que viene de serie en todas las neveras. Del que no sacas nada de jugo, pero al menos te mojas las manos en el intento.
Como ahora.
Y la marea sube. Más.
Y yo bajo.
Te seco las lágrimas, que lo estamos entendiendo mal.
No es la cara lo que tiene que estar mojado.
Te acaricio los labios como antes.
Y me muerdes como siempre.
Y ya no sé si te quiero.
Si me quieres.
Y así sobrevivimos desde hace meses.
Como el medio limón que guardamos en la nevera.
Por si acaso.
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