Me miras.
Tengo que irme. De verdad.
Y no es que quiera irme, o no de esa manera al menos. Pero no puedo quedarme.
Si no me quedo es por no perderme, que hasta mi brújula llavero pierde el norte cuando te acercas.
Te voy a contar un secreto que sólo sabe el escalón de entrada a ese portal antiguo que usamos de banco, y es que yo, aún, estoy más cerca del suelo que él. Y no conviene que sigamos aquí sentadas como si estuvieramos mendigando algo que el dinero no puede comprar.
Tú necesitas que te quieran como no lo hacen desde hace meses. O que te follen.
Y yo podría llegar a hacerlo. Todo.
Pero no puedo quedarme.
No te creas que no quiero seguir ahí. Lo que no quiero es llegar a demostarte que puedo conseguir complacer todas tus súplicas, aunque la que se ponga de rodillas sea yo, para que supliques más.
Apenas te conozco pero lo sé. Y tú en el fondo también lo tienes claro.
Y me voy.
Y te vas.
Te vas buscando todo los que echas en falta desde hace meses. Seguro que por ahí hay alguien con más cojones pero menos ganas que yo.
Y te empujo a conseguirlo.
Y me vuelvo al escalón de los secretos.
Y aquí te espero. Si es que algún día te apetece volver.
No hay comentarios:
Publicar un comentario