viernes, 4 de octubre de 2013

Negra. Era negra. Y me gustaba.

Cuando la vi, pensé que tenía que ser mía de cualquiera de las maneras.
Brillaba.
Estaba bajo la misma luz que el resto y joder, brillaba de una manera casi sobrenatural.

Tenía que ser mía.

No me refiero para toda la vida. Ni siquiera sabría qué hacer con ella un día entero; pero tenía que ser mia aunque sólo fuese media hora.
Media hora me bastaba para demostrar que no lo hago tan mal.

Entré (ahí fue cuando supe las ganas que tenía. Me puse zapatos, y eso, no lo hago por cualquiera), y fui directamente hacia su sitio. Rápido, para que nadie me la quitara.

Era negra. Y brillaba.
Y por mucho que lo repita, no podéis haceros a la idea de cuánto lo hacía.

Me senté cerca y la miré.
No puedo decir lo mismo de ella, pero de algún modo conectamos. Lo sé.

Me acerqué a ella y la acaricié.

Joder, que suave!

Estuve tanteando el terreno un rato, hasta que me decidí a envolverla con mis manos.

La acerqué hacia mí y comencé a susurrarla cosas.

Como si me entendiera.
Como si me fuese a contestar.

La dejé el tiempo de cortesía que se deja cuando pretendes que alguien comprenda algo, o cuando necesitas que respondan a tus súplicas...

Pero nada.
No hay respuesta.
Y yo no me sorprendo.

Empecé a acariciarla sabiendo cuál iba a ser el final, y cuando me vi preparada, sin doblar el dedo corazón, lo metí en el agujero. Y así hasta meter el anular y el gordo, también.

Una vez dentro, estiré el brazo hacia abajo y hacia atrás, y después, rápidamente hacia delante.

Y la lancé por el medio de la pista, y la negra bola que tanto brillaba, no me falló. Todos los bolos calleron. No dejó ni uno en pie.

Eso sí que fue un pleno.

Sabía que podía confiar en ella.

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