martes, 29 de octubre de 2013

“Espero que lo estés pasando bien.
Yo haré lo propio en la cama, pero no confundamos lo propio con lo apropiado, porque lo haré pensando en ti, y eso para nada es lo apropiado en estos momentos.”

Así me despedí de ti hace unas noches.

Y tú ni si quiera lo sabes.
Quizá por eso lo hice en una red social, en la que todos nos escondemos cuando somos más cobardes que personas.
Para que te enterases y no, al mismo tiempo.
Como el resto.

Lo pasaste bien, y me alegro de que por lo menos uno de los dos lo hiciera de una forma real, sin necesidad de imaginar cosas que sabemos que son imposibles, por que sí, lo siento, es hora de aceptarlo, hay cosas imposibles. Impasibles.

Pero tranquilos, que el hecho de que existan las cosas imposibles, no significa que el mundo vaya a acabarse, aunque eso sí que puede ser posible.

Te perdono.

Te perdono por haber conseguido engrasarme las bisagras del esternón sin saber que detrás de él, está el hijo de puta que se acelera cuando te acercas despacio.

Y por eso te perdono.

Y también te pido perdón.

Por haberme despistado.
Por intentar levantar la costra de la herida que pretendes arreglar a base de lametazos de de otra vida herida y falta de atención (como la mía).
Con otra saliva infectada de dolor. Porque, al fin y al cabo, dos dolores se hacen compañía, y acaban des-apareciendo de algún modo.

Buscabas eso.
Y yo lo que pretendía era, ser el carpintero que sacara ese clavo atravesado. Porque no nos engañemos, un clavo no saca otro clavo, lo puede clavar más profundamente para que no se vea en un primer vistazo, o puede moverlo hacia un sitio donde moleste menos, pero un clavo, no puede sacar a otro.

Y tú sólo querías tapar el dolor de la herida abierta.
Como cuando te pillas la mano y al ir a buscar hielo te tuerces un tobillo.

Te dolerá el tobillo, pero no podrás olvidar del todo que te has pillado la mano.

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