domingo, 3 de noviembre de 2013

Halloween.

No sé si una noche infectada de La Muerte puede llegar en algún momento a ser alegre.

Eso parece.
Y no me parece mal. O sí. No sé.

La gente se disfraza de todo lo que en algún momento le ha acojonado, y se ríe.
Como burlándose de todo eso, para llegar a casa y llorar como niños.

Como si por un momento se parase el mundo y se volvieran inmunes a todos sus temores.

Debe ser algo parecido a cuando me rozas la mano cuando nos cruzamos en un sitio tan lleno de gente que ni se puede respirar (te).
Vamos, sin querer.

Vivo jodida de miedo a que el mundo se entere de que en ese momento les mandaría a todos a tomar por culo.

A que eso no pase.
Y a que pase.

Busco la casualidad en un mundo planeado para que no te asustes, que si quieres miedo, a mi me sobra, no necesito darte razones.

Te tengo unas ganas guardadas entre caricias y arañazos que no serías capaz de soportar. Ni de entender.

No hay camisa de fuerza que soporte mis sacudidas cuando me pides con los ojos un abrazo. Ni loco que pudiera entenderlo. Ni cuerdo con capacidad de reacción.

Que la lobotomía se queda corta cuando me hablan de olvidarte.

Yo me guardo un as en la manga, y más te vale a ti guardarte un tranquilizante en el bolsillo si no quieres que al acercarte se me salga el corazón latiendo a mil por hora. Por si te salpica.

Volviendo al tema, no sé si disfrazarme de ti o de tu ausencia.
De tus besos o de tu indiferencia.
De tu espalda o de esa camiseta a rallas oscuras que llevabas el día en que te clavaste en mis pupilas.

No sé si salir disparada a buscarte o dispararme para empezar a correr.

No sé, debe ser que la noche a mi, como a tantos otros, también me confunde.

No hay comentarios:

Publicar un comentario