Hablo contigo como el que se levanta, desayuna y se va a trabajar rutinariamente día tras día.
Y ni lo notas.
Y te saco una sonrisa, porque hoy no ha salido el sol, y me da miedo la oscuridad si no es contigo.
Y parece que va a llover.
Y no quiero que te moje la lluvia, si la lluvia no soy yo.
Que los únicos vértigos que conozco son los que me dan cuando me asomo al abismo de tu espalda.
Que si se trata de abrir ventanas para asomarte a la infinidad del universo, tendremos que empezar por tus piernas.
Que el paisaje de tu cuerpo lo completa la profundidad de tu ombligo.
Y que el sendero acaba siempre en río.
Que no por mucho madrugar amanece más temprano.
Ni tampoco no dormir impide que se haga de día.
Y que te vayas.
Y que tenga miedo.
Que está oscuro porque está nublado.
Porque al final va llover.
Y tú ya no estás.
Que las nubes serán mis ojos.
Y no la cueva de debajo de tu ombligo.
Que ya no hay sendero que acabe en río, porque ya hay luz. Y se ha secado.
Y quién se crea lo de que a quién madruga Dios le ayuda, tiene que probar a pasar la noche contigo y replantearse su vida.
Que yo no quiero madrugar y por eso no he dormido.
Que hemos jugado a ser Dios durante toda la noche y parece que me has ganado, porque si de mi dependiera seguirían siendo las 3 de la mañana y seguirías en mi cama.
Y estás saliendo por la puerta.
Y yo aquí, maldiciendo al sol, porque me da igual que ya no caliente.
Que esta noche tampoco estaba y hemos mojado las sábanas también de sudor.
Y desapareces tras decir “Adiós”.
Y me muero porque todos sabemos que un “Adiós” no es lo mismo que un “Hasta luego”.
Adiós.
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