jueves, 7 de noviembre de 2013

ay amor.

Déjalo.

No lo intentes más.

Nunca es tarde, o eso dicen.

Pero ahora es pronto, o eso digo.

Me he cansado de palabras vacías que pretenden llenar huecos de corazones ajenos.

Que ya no quiero paseos por inercia.
Con desgana.
Sin ilusión.
Por rutina.

Que no tengo ganas de preguntas a destiempo ni respuestas obligadas.
Ni de caricias imantadas que ya no queman por que se han apagado.
Ni de besos que en vez de curar, abren la herida.

Que no.

Que es tarde. O demasiado pronto.

Que yo lo que quiero son las chispas que preceden al incendio. Y apagarlo con sudor, entre otras cosas.
Quiero desdibujar la frontera de tu cuerpo y confundirlo con el mío.
Borrarme las huellas dactilares a base de caricias que quemen tanto que lleguen a prender.

Beberte.

Pegarte tanto a mí que no distingamos nuestras pieles.
Arañarte la espalda hasta que sangres para reavivar la herida.

Estrellar el agua oxigenada contra la pared porque no hay mejor desinfectante para las heridas del pasado que la saliva en plena guerra de amor entre las sábanas.

Quedarnos sin aire.
Y respirarte.

Sudar ilusión, y dolor, y placer, y miedo, y ganas, y no preocuparse por si mañana va a salir el sol.

Y subir para que bajes.

Y llorar.
Y gritar.
Y reír.

Olvidar el pasado suplicando presente para alimentar futuro.

Y un cuídame que yo no puedo porque bastante tengo contigo.
Y te cuido.

Déjalo, que ahora es pronto para decir que nunca es tarde.

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