
He hablado de ti en pasado para tener un presente que no precede al futuro.
Todos me miraban espectantes mientras te describía desde aquel taburete viejo, como si les importases algo.
Como si tanta atención hiciera que fueses real.
Qué coño hicimos para acabar así:
Tú abrazada a otros miedos, enredada en otras piernas, atrapada en otra cama con muelles desgastados que suenan al ritmo de una canción desafinada.
Yo abrazando al silencio, a las penas de otras piernas, a otros pasados rotos.
Almas destrozadas que no se llenan si no es con vodka, como yo.
Haciendo canciones sin ritmo, a base de golpes y gemidos que se escapan arañando las gargantas.
Desgastando las paredes por empujones y sacudidas.
Acariciamos el cielo con los pies en el infierno y la cabeza entre las piernas.
Rezamos a Dioses que no existen sólo por estar arrodilladas rozando el paraiso con la punta de la lengua.
Pude entrar en la cueva de tus miedos cada noche.
La guardabas escondida debajo del ombligo.
Y te hice subir tan alto que conocimos a Dios.
En el reflejo del cristal de la mesilla.
Tú.
Despeinada.
Sudorosa.
Empapada en placer y saliva.
Tú.
La viva imagen de cualquier Dios digno de plegarias nocturnas.
El único por el que merece la pena rezar a los pies de la cama.
O en la encimera.
O en el coche.
Tú.
Y mírame ahora.
Sin iglesia.
Sin ganas.
Perdiendo el sentido en otras camas entre mortales.
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