Y daba igual.
Todo el resto daba igual.
Yo no sé si tú lo notabas, pero el chico del sombrero que nos miraba con envidia, sólo podía pensar en tus bragas.
La chica de ojos verdes no paraba de imaginar cómo sería escucharte entre gemidos.
Y aquella mujer de pelo corto pensaba en tu cuerpo cabalgando sin caballo.
Yo no se si tú lo notabas, pero todo daba igual.
La excusa del amor sin presupuesto ya se está quedando anticuada y la del dolor por mirarnos a los ojos aún nos queda un poco grande.
Pero da igual.
Busco entre los cajones del pasado una nueva, y sigo hablandote porque en mi cabeza rondan las ideas del chico del gorro, la de la chica de ojos verdes y la de aquella mujer de pelo corto recelosa.
Todas a la vez.
Y alguna más...
Bendito alcohol que me salva del ridículo de no saber vocalizar cuando estoy contigo.
Bendita droga que te empuja a hablar conmigo.
Me cruzo en la distancia de un camino corto con tu brazo, y te acaricio la piel como si fuese tu alma.
O tu coño.
Y reculas.
Pero vuelves y me escupes la mejor de tus sonrisas.
Y reculo.
Y tienes que subirme la cabeza para que vuelva a poder mirarte a los ojos.
Que el asfalto no es una prolongación de tu cuerpo.
Y qué risa.
Y qué miedo asomarme a tus pupilas o acunarme en tu sonrisa mullida por esos labios rojos.
Y qué ganas de pintarte la cara corriendote el maquillaje.
Y qué idea la de correrme en tus caderas una fiesta sin confeti.
Y sin fiesta.
No sé si me explico.
Ya es muy tarde y la luna me recoge.
Ya es muy tarde y seguimos con la ropa.
Ya es muy tarde y no hay alcohol.
Ya es muy tarde y se te ha acabado la droga.

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