Huele a resaca y sexo ausente.
Sabe a amor forzado acelerado por miedo a la soledad.
Suena como una cama con los muelles oxidados por la falta de uso.
Tiene el aspecto de un cuerpo invisible con el rimell corrido después de una noche de verdades.
Y tiene el tacto de una copa de cristal a punto de romperse.
Es domingo, otra vez.
Y otra vez, no estás aquí.
Acércate.
Ven.
Ven y píntate los labios de rojo, y se la puta que le da nombre a ese color.
Ven y destrózame en cachitos incapaces de juntarse.
Y que la razón seas tú, y no el domingo.
Volví sola.
Con mesa para dos.
Y en una cama grande.
Pero sola.
Me ha sobrado comida,
manta
y las dos últimas provocaciones que me regalaron anoche otras manos,
que no las tuyas.
Me ha sobrado ese beso tardío.
Esa caricia con intención,
que no llegó ni a roce despistado.
Me ha sobrado el mordisco de otros dientes,
que hicieron preso a mi labio por dos segundos,
y arrancaron tres minutos de soledad.
Ven y rómpele la cara al astío.
Hazme compañía.
O el amor.
Aunque desaparezca al salir de la cama.
Fóllame la vergüenza,
como quien se folla a una falda para descubrir el escote.
Pero por favor, ven.
No soporto los domingos.
De resaca.
Y sin (tu) compañía.
Y que joder, que hoy es domingo, pero es que mañana es lunes.
Y no sé qué es peor.

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