
Creo que me quedan tres cigarros y dos sorbos de ron.
Se me ha derretido el hielo, joder.
Hoy estás distinta.
O quizás sea yo, que estoy colocada.
Cruzo el pasillo.
Y los dedos, a ver si esta vez me sigues.
No confío mucho en la casualidad, y la suerte no suele estar de mi lado.
Pero aquí estás, agarrándome del brazo.
Te sienta bien ese color de ojos cuando los llevas sin pintar.
Te arden los dedos de pensar en una noche de baja por enfermedad, de esas que se pasan en la cama, que te libran del trabajo por sudar la fiebre por culpa de un buen polvo.
Y yo sólo pienso que tengo que dejar de pensar en ti.
Lo has vuelto a hacer.
Me has sonreido.
A traición.
Y ahora te ríes.
Las musas de la noche no salen cuando tú vas a hacerlo, y eso te hace incluso más follable, si se puede.
Los perros ladran a la luna cuando pasas por debajo.
Y los gatos agachan las orejas, porque ya no saben a quién maullar.
Mierda, son las 4 de la mañana y estoy pensando cómo coño borrar cada recuerdo que te borra esa sonrisa.
Desde mi cuarto.
Y tú no has cruzado la puerta.
O sí.
No lo sé.
Vuelven tus recuerdos en forma de persona.
Guapa, como siempre lo fue.
Joder, el porro se convierte en ceniza, y mi tiempo se consume a la misma velocidad.
Me miras, pero no me tocas.
Te miro, y no soy capaz de tocarte.
Tómate un café conmigo mañana y cuéntame mi vida sin estar colocada.
Cuéntame tus cosas, mi vida, sin estar colocada.
Mis manos están en paro si no pueden recorrer tus rincones.
Y tus dedos, se rien de mí cada vez que rozas otra espalda.
Hijos de puta.
Y yo, sigo pensando en que mi cama es demasiado grande como para no compartirla.
Pero esque ya es muy tarde.
Y tú no has abierto la puerta.
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