Hoy me han vuelto a hablar de ti, y he empezado a escupir gusanos que un día fueron putas mariposas.
Me han dicho que no estás bien.
Y yo no sé si alegrarme o ponerme contra el mundo.
Hiciste que huyera sin despedirme y tú, con un rabo entre las piernas.
Y casi te tengo que dar las gracias, nunca me ha gustado despedirme.
Cuántos meses han pasado desde que te corres en otras bocas.
Cuántas vidas te has llevado por delante.
Mira, da igual.
Yo sigo aquí.
En esta jodida casa que a veces me recuerda tu olor.
Durmiendo en esa vieja cama que se burla de mí porque el único motivo para cambiar las sábanas es el paso del tiempo.
Y construyendo barreras para reformar mi puto ego.
Hay veces que el coche se empaña y lo tranquilizo, porque esta vez no sufrirán sus asientos traseros, que esta vez, simplemente está lloviendo.
Estoy lloviendo.
Pero no.
No pienso cruzar la calle a darte un abrazo para secarte las lágrimas y mojarte las bragas.
Ya no.
Mira el cenicero.
Esta lleno de recuerdos olvidados.
De preguntas al aire que nadie nunca respondió.
Y de secretos que surgen en noches de insomnio, y no de incendio.
No pienso cruzar la calle.
Pero puedes subir a por tus cosas y acurrucarte en el mismo rincón en el que recogí la arena del reloj que marcó nuestra respiración.

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