Déjame asustarme por que no te tengo cerca y me llamas.
Que hoy ha amanecido justo antes del primer rayo de sol.
Que te olvido recordando cada hostia.
Cuento moratones y maquillo cicatrices.
Arranco recuerdos que dejan un vacío que acojona hasta al más fuerte al asomarse.
Y me asomo.
Peor fue cuando me dejé caer entre tus piernas.
Y te olvido.
Y vuelves a recordarme que no lo haga.
Llévate de una puta vez la camiseta blanca, que nunca me gustó si no la llevabas encima.
Él también tiene derecho a disfrutarla.
Has vuelto con la excusa de un café.
Joder, que yo soy más de cervezas.
Ni eso llegaste a entender.
Que no hay rencor.
Ni asco.
Ni daño a estas alturas.
Que no quiero un café.
No quiero que vuelvas.
No me mires.
No me toques.
No me cuentes secretos al oído, hazlo a voces que no hay nadie escuchando.
O escríbemelo en la servilleta, como cuando perdí mi vida arrastrando mis pasos por detrás de los tuyos.
Pero no te acerques, por favor.
Que hay más ojos.
Hay más manos.
Que no me gustan los secretos, que por hablar de menos mira como he acabado.
Y es cierto, no he vuelto a sentir el escalofrío de aquella tarde en el parque.
Ni he vuelto a mirar los domingos con los mismos ojos.
Ni a otro cuerpo con las mismas ganas.
Pero es que el café contigo sabe a nostalgia, a rabia, a tiempo perdido y algo de decepción.
Y no hay azúcar que enmascare ese sabor.
Ni esparadrapo que me aguante el pecho.
Que ahora soy yo quién huye.
Buscando otras manos.
Otros ojos que cambien de color según su estado ánimo.
Con ganas de cruzarse con los míos.
Otros pasos.
Y otras piernas abismo que me ayuden a superar los vertigos de un domingo por la tarde.

No hay comentarios:
Publicar un comentario