miércoles, 26 de febrero de 2014

Hasta que te rías.

Tú y tu puta manía de esconder tabaco en todos los cajones.
Y fotos.

Me ha dado por pensar, y claro, esto no puede acabar bien.

Después de tanto tiempo bailando en esa cama (contigo) esto no puede acabar bien.

Desde entonces, he contado estrellas de día en otros cuerpos.
He desnudado almas muchas otras noches.
Y desmenuzado traumas escondidos en algún pecho blindado por huidas repentinas convertidas en derrotas.

He compartido saliva, miedos y cuerpos, en la misma cama que me vio contarte historias sin otro final que acabar entre tus bragas.

He dado luz a alguna mirada triste, con las luces apagadas.
Y he conseguido mojar a algún que otro incendio de piernas largas.

Se ha borrado el mapa que me hiciste en la espalda cuando te creías el gato de la vecina que ahora me mira burlón. 
Hijo de puta, me está señalando desde la ventana con el mismo dedo que te chupaba cuando me tocabas el labio.
Y se está riendo el muy cabrón. 

Y puede que esté colocada, pero ya no huele a ti.
Me he abrazado al presente y te juro, que ya no sabe a ti.

Tiene otro nombre. 
Me lo dijo con el sujetador en la mano.

Me está esperando en la habitación recuperándose del éxtasis de un polvo bañado de drogas y acohol.
Uno de los que se echan para olvidar.
De esos cargados de culpas y vacíos de amor.

Se me ha acabado el tabaco y me queda el culo de una botella que huele a resaca.
Y el suyo. 
Con la marca de no dejarle al sol conocer lo que guarda debajo del bikini.

Supongo que prefiero el suyo, porque ya he bebido bastante.

Pero ya no tengo tabaco.
Y tú me sigues mirando desde el cajón. 

Esto no puede acabar bien.

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