jueves, 6 de febrero de 2014

Perdóname.

No se lo cuentes a nadie, pero te  echo de menos.

Y si no centro tu cara en un recuerdo nítido es culpa de los mecanismos de supervivencia que no dependen de mí. 

Y de que no dejaste en mi mesilla ni una puta foto.
Y que eso tampoco dependió de mí. 

Que has intentado cambiar de vida varias veces y siempre has acabado llamándome. 


Que cuando intentabas salvarte, acababas rompiéndome las bragas, el colchón y algún que otro recuerdo.

Por ese orden.
Siempre.

Y cómo no voy a echar de menos follarnos hasta los ojos.

Como si no tuvieramos ya bastantes motivos para llorar.
Como si se pudiera sobrevivir de otra manera.

Pero te has ido.

Sin móvil. 
Sin mí. 

Con tus ganas de conocer otros rincones distintos a mi piel.

Con las mías de conocer otros distintos a la tuya.

Lloraste lágrimas con sabor a un "quédate".

Te sequé la cara con las mismas manos con las que te mojaba las bragas.

Y eso no podía acabar bien.


Cuídate. 


Que ya me encargo yo de este desastre.

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